martes, 9 de septiembre de 2014

Schoenberg y "algo más"

Definitivamente estas mezclas en los programas que incluyen obras del barroco, romántico, contemporáneo u otros períodos musicales, resultan desconcertantes.
El pasado sábado 6 de septiembre asistimos al concierto titulado "Del Barroco a la Modernidad" que incluía obras de Schoenberg, Strauss hijo, Vivaldi y Handel (!)
Desde un comienzo se develó el poco feeling entre el director Fabián Panisello y la orquesta, con un "Vals del Emperador" desganado y opaco.

Luego pasamos al momento cumbre de la noche: La maravillosa interpretación del Concierto Op.42  de  Arnold Schoenberg con el destacadísimo pianista nacional Luis Alberto Latorre.  Un concierto maravilloso, que por primera vez nos toca escuchar en vivo.
La obra, que a pesar de sus movimientos es un todo, mezcla el dodecafonismo con una especie de estructura clásica bien interesante.
Finalmente, el segundo bloque nos entregó el "Credo" de Vivaldi, lo que fue un verdadero shock luego de media hora de música contemporánea. Además que, en lo personal, el prete rosso me tiene un tanto saturado (algo de lo que me queda por escribir).
Cerramos con "Foundling Hospital Anthem". Otra novedad para mis oídos ( comienzo a replantearme la crítica al programa) que como gran novedad presenta al cierre un reciclado "Aleluya" de "El Mesías" donde la Camerata Vocal de la Universidad de Chile se lució. Aplausos para Juan Pablo Villarroel y sus muchachos.

miércoles, 6 de agosto de 2014

El desafinado caso de Florence Foster Jenkins

Una de las cosas que me causa gracia en las aventuras de Asterix el Galo, es el infortunio de la Aldea de contar con el canto de Asuranceturix. El incomprendido artista recontrajura que echa al viento bellas melodías, pero sólo logra en cada una de sus interpretaciones torturar los nobles oídos de sus compañeros.
Goscinny y Uderzo dan en un interesante clavo. Desde tiempos inmemoriales hemos habitado con Asuranceturix. Personas que no consideran las críticas, consejos (e incluso  en algunos casos amenazas) y se lanzan al canto.
Guardo con claridad aquel momento en que un director audicionaba para un coro universitario. Llegaban los estudiantes frente al piano a cantar las notas que dictaba el director. Algunos muy nerviosos, otros atrevidos y seguros. Voces destacables y otras no tanto, pero nunca faltaban los que a los pocos segundos de ingresar y con no más de dos o tres notas de control, recibían un “Muchas gracias, puede retirarse” lo que se podría traducir en un “Fuera! Usted no tiene oído”. La afinación y la técnica -decía el director- se pueden trabajar, pero cuando no tienes oído no hay nada más que hacer.

La inmensa mayoría de los que no tienen oído saben de su incapacidad, la aceptan y todos deberíamos estar muy agradecidos de aquella prudencia. Sin embargo, existen casos desafortunados en donde prima la tozudez, nonchalance o el apoyo irrestricto de otro Asuranceturix. Si sumamos además que se cuenta con los recursos económicos como para abrir las barreras que le impidan desempeñarse, nos encontramos frente a una verdadera calamidad en la historia de la música.
La protagonista de la calamidad se llamó Florence Foster Jenkins, considerada hoy en día como la peor cantante de Estados Unidos, del Mundo y de todos los tiempos.
Estamos claros que una voz puede ser bella y lograr emociones aún en bruto, como Boyle y Potts, pero de la anécdota a la interpretación profesional hay un trecho de años de estudio y sacrificio. Aún así, la señora Foster ni siquiera contaba con esa voz en bruto. Con suerte alcanzaba algunas notas y difícilmente habría mantenido el ritmo de una marcha. Pueden comprobarlo en los registros que aún se mantienen de ella, aunque no se los recomiendo.
La «carrera» de Foster, que cuenta con el material suficiente como para una novela o película, se vio ampliamente beneficiada por sabrosas herencias, las que le ayudaron para fundar y mantener The Verdi Club (un club de señoras en defensa de su arte), presentarse anualmente en el Ritz-Carlton de Nueva York e incluso desafinar en el mismísimo Carnegie Hall.
La historia de la señora Foster es un claro ejemplo que cuando no se enciende la llama interna de la vergüenza y se poseen los medios suficientes se puede ser un Asuranceturix en cualquier escenario, pero difícilmente se podrá conseguir la gloria y menos aún un oído que le aclare su error.

sábado, 2 de agosto de 2014

¿Sonata para qué?...

La evolución de los instrumentos a lo largo de la historia de la música obedece al interés (entre otras variables) que generan éstos en compositores e intérpretes. Durante siglos han nacido, se han desarrollado y hemos visto desaparecer instrumentos dentro del escenario musical. Hoy vibran victoriosos en las salas de concierto los que han logrado a lo largo de los años captar ese interés, masificar su elaboración y generar una cadena de enseñanza y aprendizaje para su correcta interpretación.

Si hablamos de fracasos, lo primero que se me viene a la cabeza es el poco serio Theremín (Espero que no lo lea un amigo que tiene uno) pero estamos claros que en el inconsciente colectivo quedó su sonido en el anaquel de la ciencia ficción de 1950. La mandolina (que hoy brilla en el puerta a puerta) tuvo su época gloriosa, al igual que la viola da gamba, en los salones del barroco. Sin embargo hoy no es nada fácil llegar a disfrutar alguno de los conciertos que protagonizan.

Ahora bien, el caso más llamativo y recordado es esa mezcla entre cello y guitarra que inventó el luthier Johann Georg Stauffer en 1823 al que llamó Arpeggione.
El instrumento gozó un lustro de popularidad en los salones vieneses de aquel entonces, pero al poco tiempo quedó en desuso y a tal nivel, que a comienzos del siglo XX sólo se le podía ver en uno que otro museo.
El punto es que dentro del tris de popularidad que gozó este extraño instrumento, el mismísimo Franz Schubert compuso la “Sonata en La menor para Arpeggione y Piano, D. 821”, que (estaremos de acuerdo en ello) hoy en día es una de las obras más bellas y aclamadas de la música de cámara.

Para suerte de nuestros oídos, el hermano de este pobre cordófono, hizo suya esta composición. Poco a poco comenzó a ganarse las salas de concierto y el cariño del público, dejándo hermosos registros con las interpretaciones de grandes cellistas como Casals, du Pré, Rostropovich, Yo-Yo Ma, entre muchos otros.
Durante los últimos años algunos músicos han mandado a diseñar nuevos Arpeggione, incluso existen interesantes registros de la sonata con el mismísimo instrumento como protagonista. Un manjar para los historicistas (Que aún tienen encendido el debate y del que pronto me voy a animar a escribir algo).

Todas esas obras interpretadas por un instrumento (¡Vaya que hay con trompeta!) que en su composición original son destinadas para otro, sólo sirven para arrugar la nariz, pero en este caso la hermosa sonata para arpeggione, a falta de arpeggione en el Mundo, triunfa sin complejos con el querido hermano violonchelo.

sábado, 31 de mayo de 2014

Aplaudir o no aplaudir, esa es la cuestión

Existe un maravilloso registro audiovisual de la Filarmónica de Berlín con Claudio Abbado interpretando la Obertura Guillermo Tell de Gioachino Rossini, donde en pleno silencio posterior a la fanfarria inicial del Finale, un entusiasta del público pega un grito de alegría o emoción. A Abbado le causa mucha gracia y claramente se puede apreciar que a muchos músicos también. Desde ese momento se aprecia algo difícil de describir: la orquesta se nota regocijada con la retroalimentación, los músicos sienten al público, así como el público siente un compromiso en la entrega. Luego llega el final, los músicos saben que comenzará un eterno aplauso, los presentes saben que tendrán que aplaudir hasta que las palmas estén rojas. Comienza la ceremonia de entrada y salida del director, las reverencias y el saludo a los destacados de la orquesta.
El registro contiene las dos expresiones en disputa: la espontánea del que gritó en medio de la obra y la contenida que se expresa al final en una forma estandarizada. La primera es una falta al protocolo del aplauso en las salas de concierto, pero últimamente, la segunda ha comenzado a ser duramente criticada.

Hoy en día, el protocolo  solo permite el aplauso una vez concluida la obra y si un presente lo llega a hacer donde no está permitido, algunos le harán callar y otros cruzarán miradas como diciendo «Hay un ignorante entre nosotros».

¿Por qué hemos llegado a esta frialdad dentro de las salas de concierto?¿Por qué no podemos aplaudir luego del primer movimiento de la tercera sinfonía de Mahler o el de la quinta de Beethoven?

Podemos encontrar un registro de la Tercera Sinfonía de Beethoven donde la Real Concertgebouw no se resiste ante una maravillosa interpretación del primer movimiento y brinda un cálido y respetuoso aplauso. Philippe Herreweghe, el director, lo agradece. No es más que una pequeña pausa y la obra continua en completa normalidad.


¿Esto siempre ha sido así?

El crítico musical y columnista de la revista The New Yorker, Alex Ross es un fiero opositor a estas normativas: "Ciertos rituales en las salas de conciertos deberían cambiar. Muchas convenciones se impusieron hacia 1900 y no han evolucionado. La prohibición de los aplausos resulta artificial y no tiene sentido en obras como el primer concierto para piano de Tchaikovsky o el Emperador de Beethoven. En ellas resulta raro y va contra su naturaleza que no se aplauda al final del primer movimiento".
Efectivamente este ritual del aplauso se forjó hace un siglo, pero consideremos que la musica que podemos encontrar en un programa abarca más de 400 años de historia musical. Por ejemplo, sabemos que en el siglo XVIII durante la interpretación de los conciertos para algún instrumento solista,  se aplaudían las proezas que el interprete lucía, incluso muchas veces se repetían algunos movimientos a pedido del público antes de continuar con el concierto.
Luego El Romanticismo, en su oscuridad, comenzó a sentir incomodidad ante tanto aplauso. La jarana que se vivía en la interpretación de algunos conciertos barrocos y especialmente clásicos (muchos de ellos compuestos exclusivamente para el aplauso) irritaban a los músicos románticos. En sus composiciones algunos movimientos comenzaron a ligarse para evitar la pausa e incluso Felix Mendelssohn, llegó a anotar expresamente que no se permitieran los aplausos entre movimientos.


¿Qué podemos hacer?

El asunto es que el protocolo que actualmente rige las salas de concierto nos lleva a las siguientes interrogantes: ¿Cuanto de esos aplausos son para la composición? y ¿Cuánto de esos aplausos son para la interpretación?
Probablemente una mayor permisividad, nos dejaría destacar algún movimiento bien logrado por sobre una interpretación general fría o poco empática. Como nos sucedió en el Concierto N°5 dedicado Beethoven, donde el primer movimiento del Concierto para Violín y Orquesta la solista se mostró errática y contenida, pero en el último estuvo para romperse las palmas.


El Jazz y la Ópera no dejaron entrar este ritual del aplauso en sus representaciones. En ambos géneros es sumamente importante el lucimiento del instrumento (La voz como instrumento en la ópera) por lo que durante su interpretación el premio al buen desempeño va con aplausos y vítores  y, cuando no «chiflan y tiran papas” como decía el conductor Ossip Gabrilowitsch refiriéndose fundamentalmente al público italiano de antaño. Célebre es el naranjazo a Pergolesi y quizás estas manifestaciones poco decorosas son las que llevaron a las salas de concierto a limitar las expresiones.

La defensa al protocolo del aplauso argumenta que al librarnos de él podríamos volver a ciertas prácticas como el «clac» o «claque» que eran personajes contratados para aplaudir cuando se estrenaba una obra. Pero por sobre todo (y en lo cierto están) es que con tanto aplauso perderíamos la atmósfera a la que nos invita la composición, porque la inmensa mayoría de los trabajos  surgen de un proceso interno y profundo del compositor y no de un plan que busque el aplauso fácil.

Lo cierto es que si de algo tenemos que liberarnos, es del castigo a la expresión espontánea. Tanto en Guillermo Tell con Abbado o la Tercera de Beethoven con Herreweghe, se agradece el aplauso ¡A qué artista no le ha de gustar el reconocimiento a su trabajo! y es menester que el público así lo entienda. Hay momentos gloriosos dentro de una sala de concierto que merecen el reconocimiento. Si éste no se da, se le brindará al final, pero si caen algunos aplausos y usted cree efectivamente que el movimiento estuvo notable, acompáñelos.

sábado, 24 de mayo de 2014

Concierto N°5 dedicado a Ludwig Van Beethoven (23/05)

Cuando Beethoven ya había compuesto ocho de sus nueve sinfonías, uno de sus conocidos le preguntó cuál era su favorita, a lo que el compositor inmediatamente respondió: «-La Heróica  -Creía que la en do menor... -¡No, no!, ¡La Heroica!».
Una respuesta tajante como la que dio el compositor, se entiende claramente cuando uno lee y se acerca a su pensamiento revolucionario. La obra es una composición compleja y en vivo, incluso, agotadora.

El programa de anoche en el Teatro Universidad de Chile(CEAC), estaba dedicado exclusivamente al genio de Bonn. La Obertura Egmont fue la destinada para entrar en calor. Cada vez que la escucho me convenzo que es la mejor obertura de Beethoven y anoche, la Orquesta Sinfónica de Chile conducida por Leonid Grin, ayudaron mucho en eso.

Luego vino el esperado debut en Chile de la violinista rusofinesa Anna-Liisa Bezrodny con el único concierto para violín y orquesta del compositor alemán.
Mi primera sorpresa fue que apareció casi medio tono abajo cuando afinó con la orquesta, ignoro si es alguna especie de técnica para el cuidado de las cuerdas o fue una mala jugada del destino. Lo cierto es que la afinación fue un factor determinante en la complicada interpretación del primer movimiento. Bezrondy, notoriamente insegura, se acopló a los violines un par de compases antes de hacer su entrada como solista, claramente para escucharse, y esta inseguridad generó algunos yerros notorios que lamentablemente permearon a la orquesta.
En estas ocasiones se ven los grandes directores; Leonid Grin “acercó” su conducción a la solista, le entregó confianza y de aquellas complicaciones iniciales llegamos a un glorioso tercer movimiento, donde Bezrondy demostró toda su maestría en el violín. El público agradeció el desempeño y a punta de aplausos llegamos nuevamente al bello tercer movimiento como bis.


Un concierto para solista genera tensiones que agotan, sumemos la repetición del tercer movimiento y luego la Heroica.


La sinfonía es pesada, pero deliciosa. Leonid Grin en los dos primeros movimientos ha estado de libro (Quizás algo muy ruso para la interpretación beethoviana), pero en el tercer movimiento han estado monumentales. Un scherzo jubiloso y bien logrado en sus matices.
El último movimiento en su interpretación demuestra toda su complejidad: Las variaciones que la conforman se entrecruzan. Nacen y desaparecen complejas fugas, con enormes contrastes en la intensidad,  lo cual exige a la orquesta un despliegue al máximo y la Sinfónica, en todo aquello ha estado notable.
Fue una jornada intensa, agotadora, pero victoriosa y aún hoy, revolucionaria.