sábado, 31 de mayo de 2014

Aplaudir o no aplaudir, esa es la cuestión

Existe un maravilloso registro audiovisual de la Filarmónica de Berlín con Claudio Abbado interpretando la Obertura Guillermo Tell de Gioachino Rossini, donde en pleno silencio posterior a la fanfarria inicial del Finale, un entusiasta del público pega un grito de alegría o emoción. A Abbado le causa mucha gracia y claramente se puede apreciar que a muchos músicos también. Desde ese momento se aprecia algo difícil de describir: la orquesta se nota regocijada con la retroalimentación, los músicos sienten al público, así como el público siente un compromiso en la entrega. Luego llega el final, los músicos saben que comenzará un eterno aplauso, los presentes saben que tendrán que aplaudir hasta que las palmas estén rojas. Comienza la ceremonia de entrada y salida del director, las reverencias y el saludo a los destacados de la orquesta.
El registro contiene las dos expresiones en disputa: la espontánea del que gritó en medio de la obra y la contenida que se expresa al final en una forma estandarizada. La primera es una falta al protocolo del aplauso en las salas de concierto, pero últimamente, la segunda ha comenzado a ser duramente criticada.

Hoy en día, el protocolo  solo permite el aplauso una vez concluida la obra y si un presente lo llega a hacer donde no está permitido, algunos le harán callar y otros cruzarán miradas como diciendo «Hay un ignorante entre nosotros».

¿Por qué hemos llegado a esta frialdad dentro de las salas de concierto?¿Por qué no podemos aplaudir luego del primer movimiento de la tercera sinfonía de Mahler o el de la quinta de Beethoven?

Podemos encontrar un registro de la Tercera Sinfonía de Beethoven donde la Real Concertgebouw no se resiste ante una maravillosa interpretación del primer movimiento y brinda un cálido y respetuoso aplauso. Philippe Herreweghe, el director, lo agradece. No es más que una pequeña pausa y la obra continua en completa normalidad.


¿Esto siempre ha sido así?

El crítico musical y columnista de la revista The New Yorker, Alex Ross es un fiero opositor a estas normativas: "Ciertos rituales en las salas de conciertos deberían cambiar. Muchas convenciones se impusieron hacia 1900 y no han evolucionado. La prohibición de los aplausos resulta artificial y no tiene sentido en obras como el primer concierto para piano de Tchaikovsky o el Emperador de Beethoven. En ellas resulta raro y va contra su naturaleza que no se aplauda al final del primer movimiento".
Efectivamente este ritual del aplauso se forjó hace un siglo, pero consideremos que la musica que podemos encontrar en un programa abarca más de 400 años de historia musical. Por ejemplo, sabemos que en el siglo XVIII durante la interpretación de los conciertos para algún instrumento solista,  se aplaudían las proezas que el interprete lucía, incluso muchas veces se repetían algunos movimientos a pedido del público antes de continuar con el concierto.
Luego El Romanticismo, en su oscuridad, comenzó a sentir incomodidad ante tanto aplauso. La jarana que se vivía en la interpretación de algunos conciertos barrocos y especialmente clásicos (muchos de ellos compuestos exclusivamente para el aplauso) irritaban a los músicos románticos. En sus composiciones algunos movimientos comenzaron a ligarse para evitar la pausa e incluso Felix Mendelssohn, llegó a anotar expresamente que no se permitieran los aplausos entre movimientos.


¿Qué podemos hacer?

El asunto es que el protocolo que actualmente rige las salas de concierto nos lleva a las siguientes interrogantes: ¿Cuanto de esos aplausos son para la composición? y ¿Cuánto de esos aplausos son para la interpretación?
Probablemente una mayor permisividad, nos dejaría destacar algún movimiento bien logrado por sobre una interpretación general fría o poco empática. Como nos sucedió en el Concierto N°5 dedicado Beethoven, donde el primer movimiento del Concierto para Violín y Orquesta la solista se mostró errática y contenida, pero en el último estuvo para romperse las palmas.


El Jazz y la Ópera no dejaron entrar este ritual del aplauso en sus representaciones. En ambos géneros es sumamente importante el lucimiento del instrumento (La voz como instrumento en la ópera) por lo que durante su interpretación el premio al buen desempeño va con aplausos y vítores  y, cuando no «chiflan y tiran papas” como decía el conductor Ossip Gabrilowitsch refiriéndose fundamentalmente al público italiano de antaño. Célebre es el naranjazo a Pergolesi y quizás estas manifestaciones poco decorosas son las que llevaron a las salas de concierto a limitar las expresiones.

La defensa al protocolo del aplauso argumenta que al librarnos de él podríamos volver a ciertas prácticas como el «clac» o «claque» que eran personajes contratados para aplaudir cuando se estrenaba una obra. Pero por sobre todo (y en lo cierto están) es que con tanto aplauso perderíamos la atmósfera a la que nos invita la composición, porque la inmensa mayoría de los trabajos  surgen de un proceso interno y profundo del compositor y no de un plan que busque el aplauso fácil.

Lo cierto es que si de algo tenemos que liberarnos, es del castigo a la expresión espontánea. Tanto en Guillermo Tell con Abbado o la Tercera de Beethoven con Herreweghe, se agradece el aplauso ¡A qué artista no le ha de gustar el reconocimiento a su trabajo! y es menester que el público así lo entienda. Hay momentos gloriosos dentro de una sala de concierto que merecen el reconocimiento. Si éste no se da, se le brindará al final, pero si caen algunos aplausos y usted cree efectivamente que el movimiento estuvo notable, acompáñelos.

sábado, 24 de mayo de 2014

Concierto N°5 dedicado a Ludwig Van Beethoven (23/05)

Cuando Beethoven ya había compuesto ocho de sus nueve sinfonías, uno de sus conocidos le preguntó cuál era su favorita, a lo que el compositor inmediatamente respondió: «-La Heróica  -Creía que la en do menor... -¡No, no!, ¡La Heroica!».
Una respuesta tajante como la que dio el compositor, se entiende claramente cuando uno lee y se acerca a su pensamiento revolucionario. La obra es una composición compleja y en vivo, incluso, agotadora.

El programa de anoche en el Teatro Universidad de Chile(CEAC), estaba dedicado exclusivamente al genio de Bonn. La Obertura Egmont fue la destinada para entrar en calor. Cada vez que la escucho me convenzo que es la mejor obertura de Beethoven y anoche, la Orquesta Sinfónica de Chile conducida por Leonid Grin, ayudaron mucho en eso.

Luego vino el esperado debut en Chile de la violinista rusofinesa Anna-Liisa Bezrodny con el único concierto para violín y orquesta del compositor alemán.
Mi primera sorpresa fue que apareció casi medio tono abajo cuando afinó con la orquesta, ignoro si es alguna especie de técnica para el cuidado de las cuerdas o fue una mala jugada del destino. Lo cierto es que la afinación fue un factor determinante en la complicada interpretación del primer movimiento. Bezrondy, notoriamente insegura, se acopló a los violines un par de compases antes de hacer su entrada como solista, claramente para escucharse, y esta inseguridad generó algunos yerros notorios que lamentablemente permearon a la orquesta.
En estas ocasiones se ven los grandes directores; Leonid Grin “acercó” su conducción a la solista, le entregó confianza y de aquellas complicaciones iniciales llegamos a un glorioso tercer movimiento, donde Bezrondy demostró toda su maestría en el violín. El público agradeció el desempeño y a punta de aplausos llegamos nuevamente al bello tercer movimiento como bis.


Un concierto para solista genera tensiones que agotan, sumemos la repetición del tercer movimiento y luego la Heroica.


La sinfonía es pesada, pero deliciosa. Leonid Grin en los dos primeros movimientos ha estado de libro (Quizás algo muy ruso para la interpretación beethoviana), pero en el tercer movimiento han estado monumentales. Un scherzo jubiloso y bien logrado en sus matices.
El último movimiento en su interpretación demuestra toda su complejidad: Las variaciones que la conforman se entrecruzan. Nacen y desaparecen complejas fugas, con enormes contrastes en la intensidad,  lo cual exige a la orquesta un despliegue al máximo y la Sinfónica, en todo aquello ha estado notable.
Fue una jornada intensa, agotadora, pero victoriosa y aún hoy, revolucionaria.

sábado, 26 de abril de 2014

Profecía Musical

En la historia de la música, no son pocas las profecías que se hicieron sobre un niño o un joven compositor que resultaron acertadas luego de que este alcanzara la fama. Sin embargo, muchos de ellos, más bien obedecen a palabras de buena crianza que a un presagio cimentado en algún estudio profundo.
También debemos considerar que hay mucho de mito en estas aseveraciones, especialmente de cronistas que las citan años después de sucedidos los hechos.

Una de las profecías más famosas proviene de un encuentro en 1787 entre un joven Ludwig van Beethoven y el ya famoso Wolfgang Amadeus Mozart de 31 años. Se comenta que en aquella reunión, luego de escuchar a Beethoven, el genio de Salzburgo habría dicho a sus comenzales "Escuchad a éste; el mundo hablará de él".
Lo cierto es que en el diario de Beethoven y en las cartas de aquellos días, no se destaca tal encuentro y menos la tan famosa frase de Mozart.
La que sí podemos asegurar como un verdadero y certero pronóstico, es la carta que envía el profesor de derecho Ludwig Fischenich, amigo de Schiller, que acababa de llegar a Bonn, la ciudad natal de Beethoven.

  Le envío una composición de la Feuerfarbe (musicalización del "color de fuego", poema de Sofía Mereau) y desearía saber su opinión sobre ella. Es de un joven de aquí, cuyos talentos musicales serán universalmente célebres. Él desea también poner música a La Alegría, de Schiller. Espero de él algo perfecto, pues por lo que sé está llamado a lo más grande y sublime.
 Fischenich

sábado, 19 de abril de 2014

Pasión Según San Juan (16/04)

El pasado miércoles disfrutamos de una de las obras más espectaculares y sobrecogedoras que nos ha dejado el gran Johann Sebastian Bach: La Pasión Según San Juan.
Menos familiar que la Pasión según San Mateo, la obra se nos presenta para una sola fuerza coral, menos concentrada en la narración y rica en hermosos pasajes que nos evocan las suites o conciertos del compositor.
La dirección de Juan Pablo Izquierdo cumple a cabalidad con su filosofía de no interponerse, a pesar de su fama y renombre en nuestro país, por sobre la partitura. Su dirección nos ha brindado una profunda musicalidad, que enfrenta sin temores el actual régimen historicista que ha capturado la obra.
El más destacado ha sido el tenor Rodrigo del Pozo. El discípulo del gran Nigel Rogers ha estado muy comprometido como el Evangelista y nos entregó con su hermosísima voz una inolvidable aria "Erwäge, wie sein blutgefärbter Rücken".
Claudia Pereira ha estado impecable en las arias, al igual que Patricio Sabaté como Jesús y Ramiro Maturana como Pilato.
La Camerata Vocal y el Coro Sinfónico de la Universidad de Chile han estado correctos en lo musical (salvo algunas entradas), aunque es menester destacar cierto desorden y relajo en unos pocos integrantes mientras no se está cantando. Risas y malas posturas. Pequeños detalles, pero que generan ruido en pasajes tan profundos como los que uno puede disfrutar en este tipo de obras. Trabajo para Juan Pablo Villarroel.

martes, 8 de abril de 2014

Concierto N°4 "Bella Italia" (6/04)

Con enorme agrado disfrutamos los presentes del cuarto concierto de la Temporada 2014 llamado «Bella Italia» que se llevó a cabo en el Teatro de la Universidad de Chile y que tenía como directora invitada a Alejandra Urrutia. Mi primera sorpresa fue encontrar en la Orquesta Sinfónica de la Universidad de Chile algunos cambios en la disposición de instrumentos, especialmente en las cuerdas, que probablemente obedezcan al arribo de su nuevo director musical Leonid Grin.

El programa comenzó con la archi conocida Obertura “La Gazza Ladra” de Rossini. Una obra llena de bellos y graciosos pasajes llenos de color, que a pesar de su popularidad es claramente una obra compleja en su ejecución. La orquesta se mostró sólida en su interpretación, salvo algunos detalles en los vientos.

A continuación vino la “Suite Rossiniana” de Respighi, obra a la que previamente le había dedicado poca atención en mis escuchas. La suite es un arreglo licencioso de pequeñas composiciones tardías del Rossini a las que él llamaba «Pecados de mi vejez», por eso así también le llamaba Respighi a su composición. La obra es un aglomerado interesante, en especial su segundo movimiento (Lamento) que se coronó como el momento sublime de la noche.
 Finalmente el programa incluyó la Sinfonía N°4 Op90 «Italiana" de Felix Mendelssohn . En la interpretación destacó el poderoso Allegro vivace en especial por sus matices y el Saltarello final, donde la orquesta se mostró cien por ciento segura.
No había tenido la suerte de asistir a una interpretación de la directora nacional Alejandra Urrutia. Se nota su trabajo y complicidad con la orquesta.